Maialen Chourraut oro en aguas bravas

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Sol, nubes y viento a favor y un poco de costado en el canal de aguas bravas de Río de Janeiro, en Deodoro. Una mujer grita de alegría montada en piragua: «Bien, joder, bien». Acaba de hacer el descenso y es primera. El bronce, asegurado. Ya tenía uno, logrado hace cuatro años en Londres, pero su tiempo hacía pensar que lo iba a convertir en oro. «Si no lo hubiera ganado le digo que duerma en el sofá», decía Xabier Etxaniz, el marido y entrenador de Maialen Chourraut, que así se llama la nueva campeona olímpica. «¿Eso ha dicho?», preguntaba ella después. En realidad, también Maialen se había puesto como meta subir a lo más alto del podio.

Es confianza, no prepotencia, aspirar a lo máximo sabiendo que el resto te lo va a poner difícil. Aunque sonara fuerte. No podía parar quieta la española. Su estómago es como una bomba a punto de estallar antes de la prueba. Siempre es así. «Pero he aprendido a convivir y a ser feliz con ello», explica. Casi necesita esos nervios. Cuando suena la salida, se acaba la tensión y comienza lo que parecía un descenso perfecto en unas condiciones difíciles, pero que le favorecían. El agua brava estaba muy brava y apenas hubo competidoras que no tocaran una de las 24 puertas que tienen que superar. Ella pasó todas limpias, las 18 de cara y las seis en las que hay que remontar la corriente. «Hay que jugar con el agua, no pelear», dice ella. Lo hizo, aunque no tuviera esa impresión. «Las sensaciones no eran buenas bajando. Estaba como robotizada», explicaba después la protagonista. No puede mirar el tiempo. Sólo bajar y bajar lo más rápido posible. Pero cuando pasó la meta y miró el marcador se llevó las manos a la cara. Ahí estaba el oro, aunque quedaban dos participantes. Se movía con la piragua de un lado a otro, se abrazaba a una rival. «Vamos, Maialen», gritaban en la grada. En realidad, hubo poca tensión. Fallaron las oponentes pronto y sólo quedaba esperar a que la última terminara para confirmar la proeza. Oro. El plan había salido perfecto. No quería ganar la clasificación del lunes porque siempre que lo ha hecho, después en la final no era campeona. Lo mismo con las semifinales. La final era el objetivo.

Levantó el remo con ambas manos. Volvió a gritar, aplaudió y se llevó de nuevo las manos a la cara. El siguiente abrazo fue para Etxaniz, que acabó en el agua, por supuesto. En la orilla le esperaba Ane. ¿Quién es Ane? Su pequeña, su mayor tesoro, lo único que puede superar al oro conquistado ayer. Porque Maialen es una mamá de campeonato a quien su hija Ane acompaña a todas las competiciones. Es también una fuente de inspiración más. La recibió con un beso que a Maialen le supo a gloria. «Ser madre es una asignatura pendiente en la sociedad. He demostrado que se puede, estoy disfrutando viéndola crecer y también del piragüismo», dijo. Su marido se unió a la queja: «Claro que se puede». Y también respiró aliviado porque la medalla puede dar un impulso a un deporte que está pasando calamidades. En 2019 hay un Mundial en la Seu de Urgel y apenas hay agua. El canon de las hidroeléctricas a las empresas encargadas de bombearla ha subido y lo que antes valía 30 euros ahora vale 800. Y hay días que si no llueve, no hay agua. Con una campeona olímpica se puede presionar para que la situación cambie. Con una doble medallista que ahora sólo quiere descansar. «Ya veremos en el futuro, ahora me quiero ir de vacaciones», admitió. El Mundial en casa no se lo va a perder. Ella entrena en la Seu, donde el invierno es frío y el agua está helada. Pero pasa el invierno y sale el sol. Allí se ha curtido para ganar el oro.

Source: Deportes

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