Los niños silvestres

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Las ciudades tienen colores, olores y sabores. En todos esos aspectos Río es un crisol que no deja indiferente. Atrae, por su orografía, por los contrastes, por el lujo de los barrios buenos, como en cualquier parte; por la estampa del Corcovado, del Pan de Azúcar; por la sugestión de sus playas, Copacabana e Ipanema, universales en tantas letras de tantas canciones. Por la sensación de peligro inminente que se percibe en el ambiente, más de leerlo que de masticarlo. Pero haberlo haylo.

Avanzada la tarde, en el umbral de la noche oscura, por calles de escaso tránsito más o menos recomendables, la presencia de un grupo de «meninos» e incluso de niños, «crianças», amedrenta, como la proximidad de un par de tipos con mirada torva. Es cuando los latidos del corazón producen eco en las sienes y se dispara la adrenalina. Es momento de acelerar el paso y de buscar refugio porque las peores imágenes acuden a la mente: autobuses asaltados por adolescentes, conductores secuestrados en sus automóviles a punta de pistola. «Garotas» que en la puerta del hotel tratan de engatusar al turista despistado. «¿Me das un cigarro?», pregunta una de ellas al verle fumar; y cuando hace el ademán de ofrecérselo la otra amiga está tan pegada a él, en la espalda o en un costado, que no corre el aire, pero puede volar la cartera. Es necesario poner pies en polvorosa. La mala educación no está reñida con la precaución.

Decía José Luis Sampedro que «hay dos clases de economistas, los que quieren hacer más ricos a los ricos y los que queremos hacer menos pobres a los pobres». La aritmética ofrece más soluciones en la primera intención que en la segunda. Porque es la pobreza sumida en la desesperanza la que desemboca en actos desesperados. Qué vida aguarda a esos niños de las favelas que controlan los narcos y las mafias. Hacen lo que ven y siguen instrucciones para sobrevivir. Lo cuenta un policía de Río, «en sus ojos no hay miedo ni expresión alguna de misericordia; están vacíos. Sólo les importa el botín o la sangre». Y añade: «Si un grupo de ‘‘crianças’’ te rodea y te quiere robar, no te resistas. Entrega todo lo que llevas, sin discusión. La palabra piedad no está en su vocabulario. Es lo que aprenden».

La deshumanización que encarnan es de tal magnitud que el retrato apena más que inquieta, remueve conciencias y, sean o no bandas organizadas, refrescan esta tremenda descripción: «Hijo del cerro / presagio de mala muerte / niño silvestre / que acechando la acera viene y va. / Niño de nadie / que buscándose la vida / desluce la avenida / y le da mala fama a la ciudad / Recién nacido / con la inocencia amputada / que en la manada / redime su pecado de existir / Niño sin niño / indefenso y asustado / que aprende a fuerza de palos / como las bestias a sobrevivir». Serrat lo denunció hace tanto como Sampedro. Conclusión: la miseria no tiene remedio.

Source: Deportes

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