Eric Pambani: "Todos los boxeadores tienen miedo al subir a un cuadrilátero"

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Lo dice su preceptor, Jerónimo García, Jero, el hombre que le ha enseñado ese vocabulario de gestos y movimientos que es el boxeo: «Cuando hace algo, lo hace al cien por cien. Lo que rige su vida es la obsesión, para lo bueno y para lo malo, para la música y para el cuadrilátero». Encontró a Eric Pambani, que mañana, en el Casino Gran Madrid de Torrelodones, disputa el campeonato de España del peso superpluma, en la Escuela de Boxeo Aluche. «Él sabe que las metas llegan poco a poco. Ésta es la más importante que ha tenido hasta ahora», comenta Jero, que ha encontrado en este pupilo a un boxeador «inteligente y fiel». Y también un púgil hábil, decidido, que sabe hablar, que ama el hip hop, que sabe que en la vida lo mejor es hacer las cosas de una en una, sin precipitaciones y con un poco de humor, y que tiene la elegancia de reconocer los méritos de su adversario. «Conozco a Santi Bustos, y si ha llegado a ser aspirante, es que nadie le ha regalado nada. Ni a él ni a mí. Será una buena pelea. Los dos iremos con todo».

–¿Cómo está?

–Contento, ilusionado. Estamos ultimando el peso. Nunca había tenido tantos asaltos (la pelea será a diez), y quería conocer cómo iba reaccionar mi cuerpo, y ha ido muy bien. El campeonato es especial por el volumen de asaltos, que, normalmente, son seis u ocho.

–¿Existe alguna diferencia psicológica al aumentar el número de rounds?

–La diferencia es más mental que otra cosa, porque dos asaltos más físicamente no se notan. A partir de seis asaltos las peleas son más mentales que físicas. Todo el mundo se cansa, sólo hay que tener predisposición a sufrir y transitar por los asaltos. Lo he trabajado muy bien.

–¿Cuánto tarda en bajar de peso?

–Yo tenía que bajar cuatro kilos que, para cualquier boxeador, es poco peso. Todo lo tenemos medido al milímetro. Hemos controlado las comidas al detalle. Vamos bien. Aunque me me encanta la pasta y el arroz, no soy goloso. Se sufre algo porque cortas con los hidratos de carbono, pero yo nunca he tenido problemas con esto.

–¿Por qué decidió convertirse en púgil?

–Siempre me habían gustado los deportes de contacto, pero en este país los menores de 16 años antes no podían practicar boxeo ni con autorización de los padres. Me pegaba conmigo mismo en los escaparates. En Plaza Tarifa, donde empecé, practiqué dos meses, y ahí conocí a Jero, que tiene una fundación que ayuda a niños. Él fue quien me ayudó y me introdujo en este deporte.

–¿Pero hubo algo que le inclinó hacia esta afición?

–Si me paro a pensarlo ahora, fue una vía de escape. Pasaba mucho tiempo en el gimnasio, no me motivaba con otros deportes ni con el estudio ni con nada. Me distraía y, entonces, descubrí el boxeo. Me pasaba las mañanas entrenando, me entretenía. Gracias a él he evitado algunas distracciones, muchas tentaciones y otras tonterías de la calle.

–¿Qué le ha aportado el boxeo?

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–Motivación, enfocar la energía y conducirla hacia algo concreto.

–¿Qué le enganchó?

–La dificultad. Comparado con otros deportes, el boxeo, en serio, es difícil de verdad. En kick-boxing había notado que era más fácil estancarse y llegar a un nivel en el que te estancas sin una progresión tan grande. Además, en este deporte, la diferencia entre alguien bueno y mediocre no es tan grande. La distancia que existe en boxeo entre alguien bueno y normal es abrumadora. En boxeo nunca paras de aprender, y eso fue justo lo que me atrapó. En el momento en que deje de aprender, me aburriré, porque yo, en cada entrenamiento, en cada día que pasa, aprendo algo nuevo, nuevos aspectos sobre desplazamientos, sobre defensa, sobre la forma de plantearme las estrategias. Es muy complicado, sinceramente. Otra de las cosas que te engancha del boxeo son los valores que representa. Son muy importantes.

–Cuando se sube a la lona, ¿qué se siente?

–Al preparar una pelea, te sientes orgulloso del tiempo que le has dedicado. Todos los boxeadores tienen miedo al subir a un cuadrilátero. Pero no es miedo a que te golpeen, sino a que no salga en el combate todo lo que has aprendido, a que las horas que has invertido no se vean en el ring. Eso es lo realmente importante. Lo que hay más detrás de una pelea. Cuando vas al combate, ya es para pasarlo bien. Es el día de ocio. Todos los demás son los días trabajo. A la pelea vas a disfrutar.

–¿Siempre?

–Siempre, aunque sea difícil. Ese día, me digo, me lo tengo que pasar bien, disfrutar con las sensaciones. Nadie me obliga a subir a un ring. Lo hago porque quiero y porque me divierte. El día de la pelea es para disfrutar, ya sufro en el gimnasio.

–¿Incluso en el debut?

–(Risas). Ese día estaba muy nervioso. Había acudido para verme gente del barrio, mi tía, mi madre, que nunca más han vuelto. Mi tía tuvo mucha ansiedad y mi madre lo pasó fatal. Peleé con un chico mayor que yo. De los nervios hubiera salido corriendo, pero, cuando me di cuenta, estaba en un ring. No recuerdo apenas nada. Fue más adelante, cuando ya tuve más noción de las sensaciones, cuando me enganché. Nunca he visto el boxeo desde un punto de vista de «hobby», siempre desde el lado de la competición. Siempre he sido un competidor. No sé como es entrenar por gusto.

–¿Es una vida dura?

–Los boxeadores nos tiramos en el gimnasio de lunes a sábado. Sólo tienes un día de descanso, el domingo, para estar con la pareja, con la familia o con los amigos.

–¿Ahora le reconocen en la calle?

–Es verdad, pero todavía me cuesta asimilar que te paren por la calle o que eres un modelo a seguir para muchos. Y lo digo de verdad, no por falsa humildad. Noto cómo los chavales me miran o se fijan en mí cuando estoy con un «sparring». Me imitan, intentan copiar lo que hago, se sienten motivados. Me gusta, porque hace nada estaba en su misma situación, aprendiendo de Jaramillo. Para mí era un héroe, por su sacrificio, porque veías que lo que hacía era inalcanzable. Ahora siento orgullo cuando me preguntan aspectos sobre el boxeo.

Source: Deportes

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