"Don Pedro no, Perico"

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Hoy en el universo del boxeo español brilla una estrella menos, y nos van quedando pocas. Campeones del mundo en otros países, tienen para alumbrar siglos, pero en este país, desgraciadamente, constelaciones de este tipo tenemos pocas. Levantarme no me gusta y si encima se acompaña del fallecimiento de uno de los estandartes de la mejor generación que ha dado nuestro boxeo… se me parte el alma. Perico Fernández, ¡qué grande eras!

Artista en el ring y artista fuera. De pintar caras por todo el mundo a base de «crochetazos» «made in» Aragón a acariciar lienzos con pinceles empapados de suaves colores. Su alma embarrada en arte le fue dando de comer de mejor o peor manera. Del Noble Arte se fue rozando la excelencia, a las pruebas nos remitimos, campeón del mundo, de Europa y de España. Un tipo duro por dentro y por fuera, de los que no quisieras encontrarte en un salón del viejo Oeste enfadado por una presunta trampa de póker. Mal encarado, con mirada limpia, de impulso rápido y hablar lento.

La primera vez que coincidí con él no fue en una velada, sino en un plató de televisión allá por los 90, en un programa de Antena3 presentado por mi admirada Mercedes Milá. No fue en una velada, pero como si lo hubiera sido. Aquello, más que un «Late Night», parecía un circo romano. La televisión con la Milá de esa época era conflicto asegurado.

Yo, que soy persona criada en arrabal, pero con incertidumbre ilustrada, me tacho de intentar tener buena educación y al requerir la atención del maestro, le llamé don Pedro. Me miró con cara y ceño fruncido para decirme solemnemente: «Don Pedro, ¡no! Yo soy Perico». Y así empezó nuestra andadura televisiva, en las gradas del programita en cuestión, un debate «boxeo sí, boxeo no», pero decantado en nuestra contra desde antes de la campana. En una mesa se situaban dos personas a favor y dos en contra. Los dos defensores del boxeo, para nuestra desgracia, no estaban acostumbrados a estos lares, por lo que los dos mercenarios de las letras que estaban en contra por mandato de la productora se los fueron comiendo a bocados.

El caso es que intentaron reírse de Perico cuando le dieron la palabra. Y eso no, a un campeón no se le falta el respeto y menos delante de mí. Me levanté como un resorte y empecé a soltar directos y ganchos verbales y en mi esquina, a mi lado, un campeón del mundo por lo «bajini» me iba soltando perlas como «dale duro», «así, así», «no pueden contigo» «qué grande eres». ¿Cómo iba a perder ese combate con una esquina así? Era imposible. Él no estaba en su mejor momento, llevaba unos años retirado y parece ser que no supo digerir su fortuna. Me comentó que se dedicaba a pintar cuadros y que mal o bien seguía tirando. Otro juguete roto pensé yo, «porca miseria» la de ese maldito camino de vuelta que muchos ex deportistas encuentran lleno de espinas.

Mientras escribo estas palabras estoy viéndole por televisión. La muerte de Perico me pilla de sorpresa. Hoy no toca despacho, toca banquito de madera apoyado en el ring de La Escuela, toca escuchar de fondo la voz del No-Do narrando cuando se proclamó Perico, mi Perico, nuestro Perico, campeón del mundo. Y si tu Zaragoza te está llorando, en este rincón del Barrio Lucero, en el Madrid de periferia, un servidor hace lo propio. Perico Fernández, descansa en paz.

Source: Deportes

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