¡Bolt! ¡Bolt! ¡Bolt!

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Si la reacción en los tacos es de 100 milésimas, puede ser invalidada y eliminado el lince; si son 200, catástrofe asegurada. Usain Bolt arrancó en 150, un poco peor que Gatlin, y no alcanzó al estadounidense hasta los 70 metros. No fue la carrera más rápida del «Relámpago» jamaicano; sus marcas del año, comparadas con los 9.58 de Berlín en el Mundial de 2009, han sido discretas, la mejor, 9.88 en junio; en la final, 9.81, lo suficientemente buena como para proclamarse por tercera vez consecutiva campeón olímpico del hectómetro, hazaña que sólo firma él.

Después de los 9.88 de Kingston, Bolt volvió a correr y tuvo que parar por una contractura muscular. Cundió el pánico en el universo olímpico; los alarmistas dudaban de que pudiera acudir a Río. Hubo respiro general cuando semanas después, en el aniversario de Londres’2012, disputó los 200 y, a pesar del frío y del viento de cara, paró el cronómetro en 19.89. Luego anunció que los cariocas serían sus últimos Juegos.

Aterrizó en Río en medio de una colosal expectación y tranquilizó al mundo: «Estoy mejor que el año pasado». Para demostrarlo, bailó una samba. Pero muy por encima de todo ese «show» al que se presta están sus récords y la única explicación plausible que especialistas de todo tipo encuentran a su proverbial velocidad: sus músculos son de más calidad que los de sus adversarios. Han estudiado al detalle sus mejores carreras, han contado sus zancadas, 40-41 en los cien metros, mientras que el resto invierte 44. Con una mejor reacción y un poquito de viento a favor, hasta 2 metros por segundo son admisibles, calculan los científicos que podría establecer el récord en 9.48. Presunción estratosférica, pero con Bolt nada es imposible.

En Pekín dejó el récord de los 100 en 9.68; un año después, en el Mundial de Berlín, lo redujo a 9.58. La incidencia del viento era positiva, 0,9 metros por segundo, e inapreciable. Corrió a 12,2 metros por segundo, lo que significó una velocidad media de 44 kilómetros por hora. En 2008, en «El Nido», los más de 30 potentísimos músculos de sus piernas cubrieron los primeros 50 metros en 5.50; los 50 últimos, en 4.19 y durante 30 metros mantuvo una velocidad máxima de 43,902. Portentoso con sus 196 centímetros de estatura.

Aceleración hasta 50-60 metros, velocidad máxima entre los 70-80 y desaceleración en los últimos 20-30. Es la frecuencia de una carrera de 100 metros. En Pekín, Bolt empezó a desacelerar a partir de los 73 metros y los últimos 10 los recorrió a 40 kilómetros por hora y aún tuvo tiempo de hacer monerías antes de cruzar la meta. En Río hizo la mejor carrera de los ocho finalistas, pero no la de su vida. Ganó su semifinal con 9.86 y dejándose ir en los últimos 20 metros. En la final sólo rebajó cinco centésimas (9.81), en los 50 metros tenía cuatro rivales por delante, que adelantó antes de los 70 y a Gatlin a partir de ahí. No hizo ningún ademán que no fuera lo necesario para terminar la carrera antes de la raya, porque el estadounidense, que tiene menos amigos que Darth Vader, le pisaba los talones.

Hay quien cree que Usain Bolt se reservó para las finales de 200 y el 4×100, otros sostienen que los 9.81, después de la exhibición de Wade van Niekerk en los 400, son consecuencia de una temporada que le ha planteado más problemas de los necesarios para dejar ese récord suyo de Berlín en 9.58.

Pero sigue siendo el rey. El público del «Engenaho», como se conoce al Estadio Olímpico, además de Joao Havelange, vibró con él y le veneró como si de un dios se tratara. «¡Bolt! ¡Bolt! ¡Bolt!», gritaban al fabuloso velocista que pretende hacer un triple-triple olímpico antes de su retirada. Quiere ahora revalidar los títulos de 200 y 4×100 que capturó en Pekín y Londres. De lograrlo, igualaría las 9 medallas olímpicas de Karl Lewis y Paavo Nurmi; pero seguiría siendo el único atleta que gana tres oros en tres Juegos consecutivos.

Admirador del Real Madrid y de Ronaldo, Bolt buscó a Van Niekerk para abrazarle. Con Gatlin, su único rival en este hectómetro, intercambió saludos y nada más. En Río el público le demostró a él tanto afecto y admiración como repulsión al estadounidense. Gatlin fue oro en Atenas’2004 con 22 años. Luego dio un positivo con anfetaminas, le sancionaron dos años y le rebajaron uno porque el medicamento había sido recetado… Regresó en 2006 y apareció testosterona exógena en uno de sus análisis. Ocho años reducidos a cuatro porque su preparador aludió a la aplicación de una pomada que contenía testosterona. Ha cumplido cinco años por sendos positivos y eso el público no lo perdona. Ni se explica que cómo es posible que Justin esté compitiendo e Isinbayeba los vea en su casa, si nunca la han pillado. Misterio. No lo es la grandeza de Bolt, Bolt, Bolt.

Source: Deportes

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