23 medallas de Phelps: y ahora como papá

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Un adolescente sorprendió a todo el mundo con su clasificación para los Juegos de Sidney 2000 con apenas quince años, el estadounidense más joven en conseguirlo. Fue en 200 mariposa, se metió en la final y terminó quinto. Creció ese chico para intentar hacer historia en Atenas 2004, donde se propuso conquistar ocho oros, uno más que el mítico Mark Spitz. Estuvo cerca, pero se quedó en seis y dos bronces. El reto siguió ahí y en Pekín, cuatro años después, lo logró, una hazaña seguramente irrepetible. Se hizo adulto y llegó a los Juegos de Londres, donde alcanzó los 22 metales olímpicos y anunció que pondría fin a su carrera. Pues no. Después de pasar por problemas con el alcohol, de ser multado por conducir ebrio, de entrar en una clínica de desintoxicación y reconciliarse en ese tiempo con su padre, Phelps regresó a la piscina. «No quiero que me quede la sensación de preguntarme ‘‘¿y si…’’», ha admitido quien ahora se siente feliz después de una vida con altibajos, y maduro, más todavía cuando hace apenas tres meses nació Boomer Robert, su primer hijo. El curioso primer nombre no responde a ninguna explicación, simplemente le gustaba a él y a Nicole Johnson, que buscaban algo «diferente y guay», como reconoció en un chat con aficionados; que nadie más en el mundo se va a llamar así. El segundo nombre, Robert, es en honor a su entrenador, que es como un padre para él, Bob Bowman, y a su abuela Roberta. La paternidad ha estabilizado emocionalmente al mejor deportista olímpico de todos los tiempos.

Boomer ya ha vivido en directo de lo que es capaz su padre. Tuvieron dudas de si llevarlo o no por el tema del Zika, pero allí estuvo. No se lo podía perder, aunque todavía no sea consciente de que su padre es una leyenda del deporte. En las gradas estaba Nicole Johnson con un portabebé rojo y azul con estrellas, simulando la bandera de Estados Unidos, en el que llevaba a su hijo. Todo muy patriótico, muy yanqui, como las fotos que ha mostrado del pequeño en los últimos días en las redes sociales, con camisetas tanto con las barras y las estrellas como con medallas de oro. Al lado estaba Deborah, la madre de Phelps. Ella y la múltiple afición estadounidense vibraron con el primer oro de su ídolo en Río de Janeiro.

Fue en el relevo 4×100, prueba en la que habían perdido el dominio ante Francia hace cuatro años. Lo recuperaron, precisamente con los galos como grandes rivales de nuevo. Al Torpedo de Baltimore le incluyeron en esta prueba a última hora. No había nadado las series y hasta poco antes de que empezara la jornada de noche en el Estadio Olímpico de Río no se supo la noticia. Phelps estaría. Fue el segundo relevista, detrás de Caeleb Dressel y delante de Ryan Held y Nathan Adrian. «Fue una locura», describió el nadador de Baltimore. «Estaba de pie esperando mientras Caeleb venía y, sinceramente, pensaba que mi corazón iba a salir fuera de mi pecho. Estaba emocionado», confesó al expresar sus sentimientos tras su primera zambullida olímpica después de la retirada interruptus. Recorrió los dos largos en 47.12, el tercero más rápido de todos los participantes. La clave estuvo en el giro después de los 50 primeros metros. «Posiblemente el mejor giro que se ha dado nunca bajo el agua», opinó Bowman. Tras dos patadas, emergió con ventaja y facilitó el trabajo de sus compañeros. Después de su participación, el conjunto yanqui ya no soltó la ventaja. El estallido en la piscina y en la grada, pues la afición estadounidense se hace notar, fue absoluto. Phelps disfrutó como un niño. Competir en equipo siempre le ha gustado. Dressel y Held, los más jóvenes del grupo, debutantes en una cita así, no pudieron contener las lágrimas en la entrega de medallas. «Les dije que estaba bien cantar y también llorar. Es bueno ver la emoción de esos chicos, se nota que les importa», dijo Phelps, que es una inspiración, una motivación y un maestro para sus compañeros de equipo.

Para Phelps supone la medalla olímpica número 23 en su casillero. 19 de ellas son de oro, pero su trabajo en Río no ha hecho más que empezar. Su calendario no es tan exigente como en los Juegos anteriores. La edad obliga. Ha quitado los 400 estilos, una prueba agotadora que le podía pasar factura. Ya tiene 31 años y el cuerpo no recupera como antes. Tener «menos» trabajo le ha permitido estar viviendo los Juegos de Río con más intensidad. Por ejemplo, pudo ir a la ceremonia inaugural, en la que además fue elegido abanderado estadounidense por unanimidad. «Esta vez se trata de mucho más que de las medallas», aseguró. Está tranquilo, pues no tiene nada que demostrar a estas alturas de su leyenda. Mañana buscará la medalla en los 200 mariposa (si esta madrugada no ha fallado en semifinales), la prueba con la que debutó en unos Juegos y en la que en Londres perdió la corona con el surafricano Chad Le Clos. Ésa es una de las pocas platas que figuran en su palmarés. Después vendrá el 200 estilos y el 100 mariposa, en las que defiende las coronas logradas en Atenas, Pekín y Londres. Más tarde, la posibilidad de participar también en los dos relevos que faltan. Después la piscina de competición se habrá acabado. Michael Phelps se puede volver a casa con 28 medallas, sí 28. De momento ya son 23.

Source: Deportes

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